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Un título bélico apropiado para una época en que la estupidez de unos pocos afecta demasiado a muchos.

Cuando aquellos inmaduros incapaces de darse cuenta de que lo son y son casualmente los que ejercen jerarquías de poder en gobiernos o en instituciones oficiales y no tan oficiales, el mundo parece volverse conflictivo.
Pero esto se debe a que son líderes de la vieja escuela, corrompidos en sus fueros más íntimos. Ni siquiera necesita de haber un complot u organización detrás de estos personajes que aún promueven
ignorantemente la guerra cómo método de “paz” o “libertad”.
Lo cierto es que esta idea tan precaria no es solamente en las altas esferas, sino que en la vida cotidiana se vive una guerra constante de unos que quieren controlar y reglar a otros, siendo ésta la
manera más contraproducente y contraria del bienestar, pero con gran popularidad.
Resulta difícil, aún en estos días, reconocer que no está afuera lo que no está adentro. Y que la guerra que se libra contra aquello que resistimos, negamos y queremos asesinar, no es otra cosa que un estado de demencia interior que se refuerza y crece en cada ataque librado.
De ese estado de demencia surgen cada vez más leyes que intentan diferenciar lo justo de lo injusto. Donde el castigo de los trasgresores es un instrumento de miedo para que no vuelvan a delinquir y/o atentar contra otro.
Tantos años de renovación de personas en el planeta tiene que haber servido para algo, dado que, de a poco, pudieron los nuevos disolver las ideas obsoletas de los viejos, allanando el camino para los
próximos. 
Por este motivo el ejército ideal de liberación no puede ser otro que el conformado por niños enrolados entre los 1 y 7 años de edad.
Etapa en la cual no fueron aún despojados del todo de su inocencia y naturalidad.

Una vez conformado este ejército de millones de niños se organizaría
una invasión desorganizada con ataques espontáneos a las principales organizaciones sociales llenas de caos y que necesitan un toque de sensatez, que sólo un niño puede dar.

Los bancos, oficinas públicas y privadas, sufrirían ataques de dibujos
de crayones en toda superficie apropiada ( papeles administrativos, billetes, paredes, pisos, etc.).
Todo papel encontrado será pasible de ser dibujado, recortado, mojado o roto por simple descubrimiento.
Esto provocaría, sin duda, una crisis que haría colapsar a todo ser preso de una adultez idiota y que de seguro son grandes represores de la niñez de otros niños, tal como lo hicieron con ellos alguna vez.

Los templos religiosos serán excelentes centros de diversión, donde
puedan correr, saltar, jugar, gritar haciendo ecos, reír, etc.

Este ejército arrasaría contra todo lo valorado artificialmente por los
mayores que no encontraron aún la posibilidad de darse cuenta de que nada de eso tiene el valor que cree, sino que es una simple fantasía que un niño sabe destruir en pocos minutos.
Ésta sería, sin lugar a dudas, la más eficiente de todas las guerras, en lo que refiere a destrucción masiva de valores dañinos y la restitución del sentir como precursor, del discernimiento como guía y la osadía como impulsor constante de la humanidad.
Salud!

 

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