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Si hay “síntomas” de nuestro tiempo, estos
podrían ser, por un lado, el de la búsqueda del “éxito”, donde éste representa para muchas personas su única razón de vida. Tan subjetivo como el vivir mismo, y aunque muchas veces ilusorio y casi con un sentido absurdo, es buscado como un bien muy preciado, aunque, en definitiva, devenga en malestar.



Por otro lado y en el extremo opuesto al del primero, está el otro
síntoma, el de la supervivencia, la lucha diaria contra un sistema que parece
estar consumiendo a las personas muy vorazmente.

Quizás sea momento de definir trascender una época marcada con algunos
grises que opacan la calidad y calidez humana. Comenzar a ambicionar realmente y verdaderamente el buen vivir que no esté fundamentado en la
diferenciación, en las jerarquías, niveles sociales o cumplir la fantasía de ser “especiales” en comparación con otros.


Dicho esto, podemos adentrarnos en uno de los aspectos que marca
decididamente la salud de muchas personas y que podría, desde la propia
voluntad y decisión, cambiarse.

El tiempo del día y de la vida, que pasan las personas, trabajando en actividades netamente económico-productivas que le den el “éxito”, la supervivencia o cosas como la seguridad económica, el porvenir, el
status social, etc. es demasiado y no puede menos que desgastar a cualquiera. Sobretodo cuando se trata de trabajar
“obligadamente”.

Puede ser que exista la posibilidad  de disminuir el tiempo que una persona dedica a su trabajo y en lugar sean más las que lo realicen, siendo que cada vez son más las personas que habitan el planeta como también la tecnificación de procesos que ha alivianado y acelerado las tareas.

Hay estudios que sugieren  que pasado un lapso de tiempo de seis horas las personas se vuelven improductivas. Por lo que, evidentemente, tanto empresas, empleados y sociedad serían perjudicados por un  rango de horas de trabajo mayor. En la pérdida económica, desgaste físico-mental y desempleo respectivamente.


Si se comienzan a ver las cosas desde otra perspectiva, se podrá encontrar una forma de vivir diferente incluso dentro de un mismo sistema, una especie de microclima personal.

Sin entrar en planteos tan existenciales como el del absurdo de sacrificar el presente en pos de un futuro inexistente o al menos incierto, uno puede optar por aquietarse unos minutos en el día y definir qué
posibilidades tiene de ahorrar y quizás encuentre que puede dejar de consumir cosas realmente innecesarias o “de lujo” que no le satisfacen realmente.

Recordarse qué es lo que desea para su vida y plantearse si hay alguna manera de conseguir que las cosas se perfilen.

Una vez evaluada la situación económica actual, puede que quiera calcular cuánto le significaría a su “bolsillo” reducir 1 hora a su jornada laboral, ¿y 2 horas?, y considerar si lo valen.


Sin esperar a que la legislación de los organismos políticos, sean sindicales o de gobierno, uno, desde su lugar, puede tomar la decisión de abrirse del rebaño con definida autoridad y por sobretodo, confianza
que es la que da a cualquier persona un sentimiento de vida que lo impulsa y la fortaleza para lidiar con las adversidades que acontezcan.
Aceptando el desafío de aventurarse vivo en la vida.


Es verdad que puede ser que el panorama no sea alentador cuando se habla de familias que no pueden jugarse todo a una lotería incierta de un “corazón valiente” de un osado que quiera desplegar las alas, y aunque no es eso lo que se está proponiendo en este escrito, la pregunta real sería, ¿qué vida segura se está dando a esa familia?.

Sólo debemos aprender que si bien la economía es importante no lo es todo ni lo primordial, sino debemos de ponerla en el lugar que le corresponde, y esa parte que nos da el respiro de no deberle a nadie, de no
necesitar competir ni ambicionar lo superfluo.


Llegar a ese punto donde reconocemos que nuestro dinero no vale nada si no hay alguien que nos de algo valioso a cambio. Y valorar a ese alguien. Y así, saber que el dinero debe de ser un medio y no un fin, y que
puede ser un instrumento grandioso si ese es el sentido que uno define darle.

Y siempre resaltaremos el mismo fenómeno, la salud se manifiesta espontáneamente en aquellas personas que ya no luchan con su entorno, cuando ya no viven en trincheras en guerra contra los que quieren
sacarles aquello que tanto les costó conseguir.


Apostando a una comunidad más humana y colaborativa, brindando lo que uno es y sabe hacer, genera indefectiblemente un caldo de cultivo que gesta la nueva generación, esa que al fin reconoce que su bienestar depende del de los demás.

 

Todos ponen, todos toman. Quizás, por un tiempo, sean algunos los que
pongan para que todos tomen, hasta tanto, aquellos que “aman” abarrocar y mezquinar
descubran la alegría que emanan quienes viven en paz con su naturaleza.




Salud.




 
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Un pensamiento en “Trabajo excesivo ¿una necesidad?

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