Romanticismo, ensueño promovido.

Publicado: diciembre 30, 2012 en Cultura y costumbres
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No hablaremos de los orígenes históricos del romanticismo, ni discutiremos el hecho de que obras artísticas maravillosas han nacido de la época romántica.

Solamente nos centraremos en el romanticismo contemporáneo visto desde una perspectiva poco usual, desde su lado oscuro.

Se habló con anterioridad sobre el daño causado por los modelos sociales, el romanticismo es uno de los aspectos implantados adrede en la sociedad moderna, donde la promoción y estímulo mediático de este aspecto humano es muy fuerte, sea por la aceptación que tiene y las ganancias que genera para las industrias cinematográficas, de la música, de peluches, perfumes, editoriales, florerías, joyerías, templos religiosos, salones de fiestas, etc. o por efecto que causa de ciclotimia constante necesaria para sostener a la sociedad en su situación actual, o sea, en la insatisfacción y búsqueda constante.
Cuando el romanticismo está muy marcado en las personas, éstas se vuelven muy inestables y sumamente sensibles a su entorno, y más, a sus ideas y pensamientos interiores formados por el propio romanticismo.

Es característico del romántico el estado de melancolía casi constante, arrebatos de euforia, exaltación de la belleza como de la fealdad, depresión y pensamientos suicidas, entre otros.

Ésto no es algo deseable para nadie, sin embargo, un romántico siente orgullo por sus aspectos románticos, se siente más sensible y humano que los demás, a pesar de que reconoce en sí mismo, que la mayoría de sus actos heroicos y humanos los hace desde un lugar de ensimismamiento, que espera el reconocimiento y la admiración a cambio. Si esto no ocurre, suele caer en depresión.

Si bien, estas características son muy marcadas en algunos, lo son menos en otros, pero en general, la sociedad está imbuida en este sentimiento de ensueño, promocionado como amor y del cual difícilmente escape algún “alma”.

Ya sabemos que el amor real se expresa de maneras misteriosas que surge en circunstancias y derivan en actos que transforman, plenan de felicidad y paz. En cambio, el romanticismo se mueve en ciclos de plenitud y escasez, luz y oscuridad, extrema felicidad y depresión, amor y traición…  

Sembrar la creencia del romanticismo como obligatorio para quienes quieran experimentar la plenitud de la vida resulta poco sano, porque personas que naturalmente tienen resistencia a convertirse en románticos y a la vez creen que es la forma más adecuada de amar, se sienten limitados y pueden llegar a creer que sus sentimientos no son genuinos porque no están en formatos “color de rosa”, acompañados con regalos o con actos “heroicamente” románticos.

Aunque en apariencia este artículo atenta contra el ideal de vida, y posiblemente lastime algún sentimiento, no es la intención real la de generar malestar, sino más bien brindar otra forma de ver que dé una posibilidad de ser auténticos en su sentir y proceder, a quienes tienen una forma de expresarse que no es romántica, o que no materializa sus sentir en actos exultantes, ornamentales o histriónicos.

Aquellos que conservan su estado de humildad e inocencia deben saber que no necesitan demostrar cariño, por la simple razón de que emanan naturalmente lo que son con todo lo que ésto implica,  y nadie puede exigirles actos o pruebas de amor.



Todo lo dicho en este artículo no tiene el sentido de anular o suprimir los actos románticos, sino más bien recobrar lo genuino y natural que mora en cada persona, para que pueda expresar sentimientos a su manera, sin modelos o ideas pre-concebidas ni pretendiendo ser original o especial, logrando así limpiar la mente de un proceder teñido de montajes escénicos salidos de novelas de amor.

Si las personas comenzaran a prestar atención a las imágenes que surgen en su mente cuando piensan en situaciones de amor o románticas, verán claramente que son imágenes implantadas, podrán reconocer incluso de qué película, libro o novela provienen

No limitar al amor con ideas previas de cómo este debe lucir según una pequeña mente que quiere experimentarlo, quizás de un espacio para que se cuele lo verdaderamente transformador y auténtico. Sin tantos vaivenes, porque es un sentimiento sólido, abundante y expansivo.

Aboguemos por un mundo menos rosa, menos ideal y más auténtico.


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